lunes 13 de octubre de 2008

Sopa de letras en caldo de papel

Mmmmm... Es la expresión obtenida después de preparar una rica de sopa de letras.


Dorar la pasta en espera de obtener ese color cobrizo al tiempo que preparas los trozos de jitomate, cebollas, ajo y unos granos de sal. Licuas, mezclas, agregas caldo de pollo y observas como poco a poco, van quedando lista cada una de esas letras, caracteres que te alimentaran.

Escribir puede ser una experiencia similar, donde además de nutrir al cuerpo, se puede enriquecer el intelecto y el alma.

Tomar lápiz y papel ha sido una afición nacida el instante aquel cuando mi maestra de pre-primaria, me invitaba a tomar ese peculiar trozo de madera. Y así, al intentar asirlo, de la nada ella me presentaba a estos personajes mágicos: las letras.

¿Una hache muda? me preguntaba. Si, las letras pueden ser mudas.

Antes del correo electrónico, escribir una carta implicaba un rito especial. ¿Qué deseaba expresar? ¿Alegría?, ¿emoción?, ¿simpatía?, ¿cariño?, ¿amor?, ¿respeto?

La lista de emociones, sentimientos puede extenderse, pero mi reto era ese: convertir esa hoja en blanco en algo inolvidable.

Mi padre tenía por costumbre adquirir un conocido periódico de clasificados gratuitos. Me llamó la atención la sección de avisos internacionales. Ahí supe que podía contactarme vía carta con personas de prácticamente todo el mundo. La mejor fue descubrir que los anuncios eran gratis.

Ni tardo, ni perezoso, recorte el cupón adjunto y comencé la redacción de mi aviso. Mentiría si tratará de reproducir dicho texto, sólo recuerdo tener derecho a 15 palabras, suficientes para expresar a mis posibles contactos, mi interés por una amistad vía papel.

Transcurrieron semanas y nada. No había respuesta. Conociendo la calidad del servicio del correo nacional, no se me haría extraño pronosticar el posible extravío de aquella carta que con esmero y dedicación, alguien pudiera haberme escrito. Pero no, probablemente en esta ocasión, eso posibilidad la tenía descartada.

La sorpresa me embargó al ver una linda postal de Sevilla.


El trabajo del cartero de mi rumbo había empezado. No más aburridos recibos telefónicos o estados de cuentas bancarios. Los sobres depositados en el buzón tenían algo distinto, un papel diferente, con colores, dibujos, timbres y hasta aromas inigualables.

Sí, las cartas fluían regularmente. Dos a tres cada mes, quizás un poco más. Mis amistades en papel ahí estaban y con ellas compartía mis momentos especiales de la preparatoria (CCH para precisar) y mis inicios en la universidad.

Sobres blancos, amarillos, azules, rosas, grandes, pequeños, medianos. Algunos traían solo letras, otros más fotografías, postales, dibujos, tarjetas navideñas, de cumpleaños, recortes de periódicos, revistas, cassetes, discos compactos... etc.

Pensar en el cansado recorrido de esas letras hechas sopa, encerradas en un sobre. Al abrir una carta, las letras sentían un alivio y de inmediato se liberaban contándome sus historias provenientes de distintas partes del globo.

Mi ritual para responder mi correspondencia era eso, un ritual donde iría dorando cada palabra hasta obtener el sentimiento e idea deseado.

Cartas

Posteriormente, las acomodaba cuidadosamente en un sobre blanco. A él, le pedía sigilo y cuidado de sus pasajeras para que tengan un buen viaje.

El ritual terminaba pegando esos timbres postales, pequeñas obras de arte en miniatura, pasaportes para llegar al "otro lado del charco", como nombraba al Atlántico.

Mi afición a la radio de Onda Corta contribuyó en esta aventura. El Circuito, un programa transmitido en alguna de las bandas de la BBC contaba con su sección para anuncios de amistad. Una carta enviada a Londres movió la maquinaria para recibir más sopas de letras de otras regiones.

El tiempo pasó y la comunicación con alguna de esas amistades fue haciéndose cada vez más esporádica al llegar al grado de ser muy ocasional. La universidad y otros intereses cubrieron el tiempo dedicado a convertir una hoja en blanco en algo diferente.

Ahora sólo queda en el recuerdo cada una de esas hojas, esa sopita de letras recetada cada vez que el cartero la traía en caldo de papel.

1 opiniones:

Anónimo dijo...

¡Felicidades Carlos!
Tu artículo me trasladó a la niñez aquella cuando mi madre hacía mi sopa favorita, la de letras. Y aunque amaba las sopas calientes, especialmente la de fideo, siempre tomaba fría la de letras. Pero en oraciones. La postal de Sevilla me transportó a la mejor comida de mariscos que he comido en España, la mejor manzanilla y la incomparable calidez de sus habitantes... Incansable viajera, envío postales de dondequiera que ando a mis amistades queridas. Te prometo que siempre estarás en mi lista. Gracias por tu blog, amigo.

Marcela Toledo