lunes 1 de diciembre de 2008

Alzando vuelo...

Transcurrió sólo un par de horas. La espera en esa desvencijada recepción se veía eterna. Las múltiples fotos de los rescatistas habían sido repasadas una y otra vez, en esa pared que, igualmente, fijaba su mirada en nuestro personaje.

"Aún no hay ninguna emergencia", señaló uno de los pilotos al joven fotógrafo. Su rostro no se fruncía, ni mostró gesto de desesperanza. "Debe suceder algo en esta ciudad", decía para sus adentros.

Cinco minutos después, mientras ajustaba el ISO de su cámara (¡momento!, ¿dije su cámara?, realmente no era suya), sin esperar, una de las rescatistas le preguntó si le interesaba acompañarlos a un viaje de rutina.

"¡Claro!", sonrió, mientras tomaba su discreta mochila.

Las aspas comenzaron a girar y poco a poco el sonido de las turbinas se tornaban ensordecedor.

"¿Listo?", inquirió el piloto. ¡Listo! fue la señal de nuestro amigo para elevarse al cielo.

Y en un parpadeo, la ciudad se exhibió a sus pies.

El anuncio.

Todo habría iniciado con un anuncio. Sí, uno de esos del periódico gratuito de la localidad. 15 palabras, ni una más.

Por fin alguién llama. Nada mal para una semana de haberse publicado.

- "¿Sabe inglés?", preguntó la voz al otro lado de la línea.

- "Sí, lo elemental para mantener una conversación o redactar un breve escrito".

-"Bien, con eso es suficiente. ¿Cuándo podríamos vernos?"

La cita se hizo en el estacionamiento de un centro comercial.

- "¿Qué sabes de aviones?", preguntó el hombre cuyo suéter blanco comenzó a provocarle calor mientras se acercaba el mediodía.

- "A decir verdad, no mucho. Es decir, nunca he volado".

- "Bueno", señaló con una risa en los labios. "Aquí aprenderás mucho. Acá podrás arrancar vuelo".

Nuestro joven amigo estaba satisfecho con lo ofrecido: un salario suficiente y estar en una industria que le había llamado poderosamente la atención.

La aventura se había iniciado, o podría decir el vuelo.

Una mochila llena de sueños le acompañó en los días siguientes en su camino por ambulatorios, pistas y hangares.

Su acervo le permitiría ampliar sus conocimientos limitados hasta ese momento, a fabricar aviones de papel.

Volando sobre la ciudad.

En un respiro, ese cóndor metálico superaba los mil pies. El sonido estruendoso le recordaba los reportes viales emitidos por la radio.

Por la ventanilla, veía y trataba de ubicar edificios, avenidas, calles. Era el momento de dar clics con la cámara.

El primer destino: el norte de la ciudad. En una zona residencial, hija y madre esperaban en el techo a su padre, el piloto de la aeronave.

Mientras ellas ondeaban sus suéteres, el helicóptero hizo un ligero descenso, el suficiente para poder corresponder al saludo.

Segundos más tarde, prosiguieron su camino. El siguiente punto: el sur, luego el poniente, el oriente, finalmente el centro de la ciudad.

Transcurrido algunos minutos, la copiloto volteó al asiento de nuestro joven viajero.

- ¿Algún punto en especial que quieras visitar?

- Sí, respondió-. Al tiempo que con el índice señalaba el destino.

- Enterado-, afirmó el piloto.

La finta de una caída en picada, fue la pauta para emprender el vuelo al destino solicitado.

Desde tierra, unos ojos veían perderse en el cielo, a ese pájaro de los sueños.